Porque
él es bueno con los malvados
Nos
acercamos ya a la celebración de la Cuaresma que, si Dios quiere, comenzará el
2 de Marzo. En este domingo VII de tiempo ordinario el evangelio trata un tema
que nos afecta a todos en mayor o menor medida: el perdón.
Jesús nos invita a amad a nuestros
enemigos, haced el bien a los que nos odian, bendecid a los que nos maldicen,
orad por los que nos calumnian. Una invitación que entraña una
radicalidad profunda y que, con toda seguridad, a todos nos ha costado llevarla
a cabo alguna vez en la vida. Nos invita a poner la otra mejilla, a dar sin
esperar nada a cambio, a tratar a los demás como queremos que nos traten, a prestar
sin cobrar, a ser misericordiosos siempre, a no juzgar, a no condenar, a
perdonar y dar sin medida.
Esta invitación que parte del Señor
choca frontalmente con las reacciones de las personas que no cuentan con Dios
ante las injusticias y atropellos de los demás. El mundo invita a la venganza,
a preocuparnos sólo de los nuestros, a no poner la otra mejilla, a dar, pero
recibiendo algo a cambio, a utilizar a los demás, a prestar esperando
intereses, a juzgar, condenar y guardar…
Hay que reconocer que muchas de estas
actitudes que son propias del mundo son humanas y tienen, desde un punto de
vista humano, muchas veces su justificación. Pero el Señor hoy nos invita a dar
un salto muy grande. Hoy el Señor nos invita a la perfección que
consiste en tratar a los demás como Dios los trata siempre: con amor,
comprensión y misericordia.
Ante esta invitación no podemos más que
reconocer que esas actitudes son muchas veces muy difíciles de llevar a cabo
porque, sencillamente, son un don de Dios. Mucha gente se “esfuerza” en tenerlas
sin que “de forma natural” nazcan del corazón… y muchas veces se estrellan, al
percibir lo difícil que resulta algo así… para ello no escatiman en métodos,
estrategias, ascetismos… en los que, al final, lo que verdaderamente cuenta es
la propia imagen: que quede impoluta. Ahí la persona se engaña y, buscando a
Dios, acaba buscándose a sí misma.
Sólo un corazón transformado a semejanza del de
Jesús, puede reaccionar de esa manera siempre. Todos somos débiles e imperfectos… sólo un
corazón identificado con Cristo hasta el punto de hacerse uno con él es capaz
de actuar de esta forma. Jesús, haciendo la voluntad del Padre y movido por el
Espíritu, dio testimonio de esta realidad, especialmente en su pasión.
Además, estas actitudes que Cristo nos
pide tener con los demás son las que Dios tiene ya, de hecho, siempre con
nosotros: la bondad con todos (buenos y malos), la misericordia, la generosidad,
la compresión que evita el juicio porque comprende lo que verdaderamente hay en
el corazón de cada uno. Esta es la moral que emana del evangelio que sabe de
compresión, de misericordia y bondad de sin límites y que huye de las normas
minuciosas y la casuística de la que nadie puede escapar porque todos somos
débiles y pecadores. La ley que se basa en el cumplimiento, sin amor…acaba
condenándonos a todos.
Hoy no nos cabe otra cosa que exponerle
al Señor el deseo de que nos cambie el corazón y que cambie el corazón de su
Iglesia de manera que volvamos a la sencillez y la limpieza de los ojos de
Dios, que nos miran a todos y cada uno de nosotros desde el amor y la comprensión.
Para nosotros puede parecer
imposible, pero no lo es para Dios que lo puede todo. Recordemos las
palabras de Jesús ante la reacción de los apóstoles al escuchar lo difícil que
les va a ser a los que ponen su confianza en las riquezas entrar en el Reino… nosotros
no podemos, Dios (que es quien transforma a las personas) lo puede todo.
Feliz y misericordioso domingo.
José Andrés.
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