Por tu palabra, echaré las redes

 

            El evangelio de este domingo nos sitúa ante la pesca milagrosa y la vocación de Simón: pescador de hombres.

            He leído antes de atreverme a comentar este pasaje algunos comentarios a este evangelio y he comprobado cómo cada uno de ellos ponía el acento en un aspecto que no me acababa de cuadrar: unos hablaban de tres vocaciones distintas: Isaías, Pablo y Pedro. Otros ponían el acento en el tema moral por la famosa frase de Pedro ante la pesca milagrosa: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

            En la primera lectura vemos cómo Isaías experimenta la vocación desde una visión donde es Dios, el tres veces santo, quien purifica al profeta y así lo capacita para la Misión que ha de encomendarle. El asombro invade a Isaías que “ha visto con sus ojos al Rey, Señor del universo”. Ante la pregunta de «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?» el profeta responde decidido: «Aquí estoy, mándame».

            Asombro, miedo y conciencia de imperfección e impureza las comparten el protagonista de la primera lectura (Isaías) con el protagonista del evangelio (Pedro). Pedro, que no ha conseguido pescar nada en toda la noche, ante la invitación de Jesús: “rema mar adentro” se fía y en su nombre echa las redes. Se produce el milagro y el asombro y el miedo se apoderan de él ya que ha sentido muy cerca la presencia de Dios: el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido. El miedo ante la divinidad y el no sentirse a la altura de ello: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» hacen que Pedro se ponga a un lado y no se considere “digno” de estar al lado del Maestro. La respuesta de Jesús es sorprendente para la lógica de estos hombres: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

            Pedro se ha fiado y ese fiarse ha posibilitado a Jesús realizar este milagro. La actuación de Dios que desborda a Pedro no sólo no lo invalida por su pequeñez y pobreza, sino que cuenta con él, que se reconoce pecador. Para Dios nuestras limitaciones no son un escollo. Dios no sólo nos quiere a nosotros tal y como somos, sino también con nuestras limitaciones y defectos. Contando con gente sencilla y limitada lleva a cabo su plan y contando con lo débil del mundo brilla más su acción, dejando claro que es él,y no nosotros (débiles y limitados), el que lleva a cabo la Misión.

Pedro no sufre una transformación moral previa para poder seguir a Jesús (lo llegará a negar), lo sigue y, en el seguimiento, es transformado. Creo que como Santa Teresa que se sintió unida ya antes de ser transformada. Dios no pone como condición que seamos perfectos para seguirlo. Ante él poco valemos todos. El seguimiento es “para todos”, no necesita de preparaciones “especiales” sólo pide entrar en nuestra realidad tal cual es.

            Pero la llamada de Jesús no sólo cuenta con un Pedro débil y pecador, sino que también cuenta con sus “cualidades”. Jesús quiere aprovechar la profesión de Pedro y todo lo que ella encierra para que no dejar de ser pescador, pero desde ahora pescador de hombres. Dios no nos anula en nuestros dones, que por otro lado hemos recibido de él, sino que nos transforma y potencia esos dones poniéndolos al servicio del Reino. No nos lava el coco, nos respeta profundamente, ve mejor que nadie nuestras cualidades que, en sus manos, se multiplican y se agrandan.

            La presencia de Dios en nuestras vidas puede hacernos sentir pecadores, pero nos invita a no sentir miedo: no temas, y, contando con nuestros dones, nos envía a lo que él quiera. Dios no nos anula nunca. Es la paradoja profunda del evangelio: poniéndolo a él en el Centro de nuestras vidas seremos más nosotros mismos. Con Dios en el centro tenemos garantizada para nosotros y los que nos rodean la felicidad. Sus manos de alfarero mezclan lo bueno y lo malo de nosotros, haciendo que lo que parece ser “malo” acabe siendo transformado en el amor.

            Nos encomiende el Señor la misión que sea… esa misión pasará siempre por el núcleo de nuestra fe que Pablo nos recuerda en la segunda lectura de hoy: Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras… La entrega y la Resurrección de Jesús en el centro de nuestra fe. Pablo supo de ser transformado en su carácter e intereses al encontrarse con Jesús camino de Damasco. Fue tremendamente consciente de que es la gracia la que ha realizado esa transformación en él: Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

            La gracia y la acción del Señor sólo nos piden humildad profunda, como la de Pedro, y dejarnos llevar para que así saquemos las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo sigamos.

            Feliz Domingo.

            José Andrés.

           

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog