Maldito quien confía en el
hombre
La primera lectura de este domingo VI de tiempo Ordinario se abre con esta frase
del profeta Jeremías, que suena dura al oído, pero que desde el planteamiento
del Evangelio se puede entender perfectamente.
Y es que quien busca su apoyo en las criaturas y aparta el
corazón del Señor está llamado a ser cardo en la estepa y a no florecer,
cerrado a la lluvia que lo puede alimentar y hacer crecer. Por el
contrario, quien pone su confianza en el Señor, será como un árbol plantado
junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces, no teme el año se sequía y
siempre da fruto.
La clave de esta actitud ante la vida y ante el Señor la
tenemos en el Evangelio. Este domingo el evangelista Lucas nos recuerda las
bienaventuranzas y las completa con los ¡ay! Que quizás otras veces no se leen
al proclamar las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas son un estilo de vida que reflejan
profundamente todo lo proclamado en el Evangelio del Reino. Son un código de
vida para esta vida. Jesús cuando viene a vivir entre nosotros viene a
garantizarnos la forma de ser feliz en esta vida y eso es lo que reflejan
las bienaventuranzas. La felicidad en la otra vida la tenemos todos
garantizada, pero Jesús quiere que ese “cielo”, “esa felicidad” comience aquí
y ahora.
La primera bienaventuranza conecta perfectamente con la
primera lectura de hoy en la actitud del “desprendimiento interior”: “Bienaventurados
los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”. Lucas no añade “pobres de Espíritu”,
como hace Mateo. La pobreza ha de ser interior siempre y en primer lugar… y
luego podrá o no incluir la pobreza física y material. El pobre de Espíritu
es la persona que está desprendida de lo que es y de lo que tiene. La
paradoja es total: perder para ganar: “sólo el que se niega a sí
mismo” puede entrar en el Reino. Al desprendernos de todo por amor a Jesús,
empezamos a ser felices. Mientras estemos apegados a lo que somos o tenemos,
la felicidad huye de nosotros, cuando nos desprendemos de corazón, dispuestos
al fracaso… la felicidad anida en nosotros porque nos ensancha por dentro con
una libertad que sólo puede venir de Dios.
Esta manera de vivir desprendidos y poniendo nuestra
confianza sólo en Dios sólo puede venir por el cambio del corazón. Este
cambio interno no lo producen las ideas o las teorías… ni las técnicas para
autoayudarse… ese cambio interior lo produce el propio Jesús cuando ve en
nosotros auténticos deseos de estar desprendidos y confiados sólo en él.
Jesús nos dice esto para ayudarnos a nosotros a vivir
mejor. No se trata sólo de los bienes de fortuna, se trata de los dones que
Dios nos ha dado que han de estar puestos a disposición de los demás… Los
pobres de Espíritu se apoyan sólo en Dios. Lo importante es que nuestro
espíritu sea generoso y esté desprendido, dispuesto a entregarse a los demás, a
dar a los demás todo lo que necesiten. El desprendimiento interno genera generosidad
total hacia Dios y hacia los demás.
La actitud contraria genera infelicidad y de
ahí los ¡Ay! de Jesús: los ricos y satisfechos ya han recibido su consuelo, los
saciados tendrán hambre, los que rien, llorarán, y… eso que tanto nos llega
a todos y tanto nos importa: la fama… ¡Ay si todo el mundo habla bien de
vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas. El que
sigue a Jesús no siempre es acogido o comprendido por todos… porque no busca
agradar a toda costa, sino hacer la voluntad de Dios y eso… puede generarle
problemas. También hemos de desprendernos de la buena fama, estando
dispuestos a que hablen mal de nosotros.
Sólo el que vive para siempre y está con nosotros puede
alcanzarnos esa manera de vivir: el Resucitado. Pablo en la segunda lectura
nos recuerda que si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido.
Es el que vive para siempre el único capaz de adelantar en esta vida lo que será
la definitiva, transformándonos el corazón en el suyo: que es el verdaderamente
Bienaventurado y Feliz. Del encuentro con él, depende nuestra propia felicidad.
Feliz Domingo
José Andrés
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