De repente llegará a su santuario el Señor

 

            Hoy, a los cuarenta días del nacimiento del Señor celebramos la Presentación del Señor en el Templo y la Purificación de María. María asociada a este momento en que Jesús es presentado en el Templo y es reconocido por el anciano Simeón, tal como nos lo narra Lucas.

            La pareja sube al templo a cumplir la ley y pagar el rescate del hijo primogénito. Una pareja más que presenta a su hijo en el Templo, que cumple con lo mandado por la ley del Señor. Una pareja sencilla y totalmente humilde…

            A Simeón, un hombre anciano, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin ver al Mesías. Cuando los padres entran el Templo, el Espíritu le impulsa a ir al templo y Simeón, movido por el Espíritu Santo, sabe reconocer en esa pareja sencilla la familia donde Dios ha puesto su hogar y en niño al Mesías que Israel esperaba.

            Simeón se ha dejado llevar por un impulso del Espíritu, no ha planificado, no tenía señalada en su agenda el día del cumplimiento de la profecía… Es probable que imaginara al Mesías poderoso y temible, pero su disposición y docilidad, propia de un sabio hace que abra bien los ojos y que vea en la sencillez de la carne y en el llanto de un niño al Mesías y sienta así cómo Dios le ha cumplido su promesa.

            El Espíritu está en Simeón y él es dócil a él. Profetiza que ese niño va a ser un signo de contradicción y que a su madre una espada le atravesaría el alma. Pero antes, agradecido, entona ese canto de alabanza y agradecimiento a Dios que todos conocemos bien:

            «Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel»

            Cristo es la gloria y la plenitud de su pueblo, Israel (que acabará rechazándolo mayoritariamente) y es la LUZ de las naciones, de todos los pueblos. Esa profecía se cumple en todos los pueblos que acogieron a Cristo fuera del propio pueblo de Israel.

            En estos momentos se invita a la Iglesia a vivir un Kairós, un momento de gracia, para escuchar al Espíritu y reconocer a Cristo en todos los más pobres y los últimos, en los descartados. La Iglesia está llamada a tener un alma sabia, unos ojos limpios y unas manos arrugadas por su historia, pero llenas de fuerza para levantar y presentar a Cristo a todos los pueblos y personas: a todos.

            Si el Sínodo no quiere ser un lavado de cara o una operación estética de una señora anciana y respetable que se llama Iglesia ha de moverse, de verdad, por el Espíritu Santo y sin vademécum ni agendas donde se deja muy claro que decide sólo quien decide … estar dispuesta a percibir la voz del Espíritu en los más pobres y sencillos, en los que no hablan con firma, en los que no se constituyen en grupos “oficiales”, es más… ha de escuchar, por invitación de Francisco, a los últimos y los más alejados para que a través de ellos hable quien ha de hablar. Sólo así se superará lo de siempre.

            Estar dispuestos a valorar la opinión del último de los bautizados tanto como la del primero es un gesto que no deberá quedarse sólo en palabras, sino en hechos, superando el escándalo de que el instrumento sea pobre y sencillo.

            Es el momento de que la honorable Institución oiga el llanto de un recién nacido que la rejuvenezca y la llene de vida. Es el momento del Espíritu.

 

            Feliz día de la Luz, Feliz Candelaria.

            José Andrés.

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