De lo que rebosa el corazón
A las puertas de la Cuaresma, este domingo VIII del tiempo ordinario nos
recuerda en las lecturas (especialmente la primera y el Evangelio) que el
corazón es la sede de las intenciones y que por las obras conocemos el corazón de
las personas.
La vida y el
mundo con frecuencia nos invitan a “aparentar” determinadas actitudes para ser
aceptados por los demás. No parece darnos opción a dar unas determinadas
imágenes ante los demás sin correr el riesgo de no ser aceptados. De esta forma
nos esforzamos en ser lo que realmente no somos, decir lo que realmente no
vivimos e incluso nos podemos erigir en maestros ante la gente sin vivir lo que
realmente transmitimos.
Cuando este
culto a la apariencia lo llevamos a la vida de la Iglesia y a la pastoral y nos
atrevemos a corregir y a guiar a los demás desde la propia ceguera y caemos en
situaciones que acaban engañando a los demás.
El Señor nos
invita a vivir lo que transmitimos, nos invita a que nuestras obras sean el
certificado de garantía de que aquello que anunciamos con los labios es algo
que puede ser vivido y que merece ser vivido. Dicho de otra manera, el evangelizador
se ve forzado a no convertirse en un funcionario de la palabra o un mero
transmisor de ideas que no ha interiorizado y vivido antes. La palabra que el
catequista, el presbítero, el acompañante espiritual acaba transmitiendo, acaba
transformando antes o después a la persona que es instrumento en manos del
Señor. De hecho el que se transmite la
palabra sabe que no es suya y que no pude ni debe ser manipulada y se siente
transformado por ella de continuo.
Las obras son
el lugar donde podemos distinguir aquello que está en el fondo del corazón del
enviado a evangelizar. De un corazón que rebosa bondad, nacerá la bondad y de
un corazón del que no rebosa bondad, no nacerá lo bueno… porque de lo que
rebosa el corazón habla la boca.
De ahí que
no podemos entregarnos a la crítica y, mucho menos, a sacar las motas que
nuestros hermanos llevan en los ojos, sin sacar las vigas que llevamos en el
nuestro. Sólo Dios tiene la facultad de poder juzgar porque sólo Dios conoce
nuestro interior y es bueno. En nosotros, el juicio es imperfecto porque está
limitado por la “apariencia” siempre.
La
invitación de este domingo es a la autenticidad, a interiorizar y exteriorizar
lo que vivimos en un movimiento que debe nacer desde dentro afuera y no al
revés. Jesús nos invita a vivir de verdad aquella verdad que decimos vivir.
Las caretas en la presentación del evangelio no valen. Hay una prueba que
nunca engaña: mirar las obras.
Cuando una
persona se convierte en un profesional de lo sagrado y se dedica a hablar y
transmitir sin vivir… acaba siendo identificado por la comunidad y su palabra
carecerá de autoridad moral. Al contrario, cuando una persona vive lo que
transmite, su testimonio acaba teniendo una fuerza impresionante de tal forma
que ya las palabras quedan en un segundo lugar y lo que verdaderamente importa
es cómo actúa esa persona y sus obras.
Convencen
las obras nacidas del corazón y que, por eso, son auténticas. La llamada a
la autenticidad la oiremos de nuevo el miércoles de ceniza cuando Jesús nos
invite a vivir en verdad y discreción la oración , el ayuno y la limosna…
para ser visto no por los hombres, sino por nuestro Padre que ve en lo
escondido.
Que nuestra
Iglesia y nosotros mismos no vivamos de imágenes y vivamos para dar una
determinada imagen, sino en verdad y autenticidad siempre. La pastoral entonces
será reflejo de lo que Dios quiere y no una operación de marketing.
Como el
discípulo no es más que su maestro estemos dispuestos a sufrir en este empeño
el mismo destino de Jesús: la incomprensión, el fracaso y el rechazo, sabiendo
que para el que trasmite el evangelio lo importante es hacer la voluntad del
que lo envía, al margen del resultado final de su trabajo… el mejor
evangelizador se muestra indiferente al rechazo o a la aceptación del mensaje,
el mejor evangelizador transmite lo recibido desde su interior, como un fuego
que arde en sus entrañas.
Buen inicio
de la próxima Cuaresma.
José Andrés
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