Sacerdotes, Profetas y Reyes
En este IV domingo de tiempo ordinario las
lecturas nos proponen dos realidades complementarias: profecía y amor.
La primera lectura es modelo de lo que es la
elección que cada uno de nosotros ha hecho el Señor y del envío a colaborar con
él en la misión que a cada uno nos tiene encomendada. Él, antes de formarnos en
el vientre materno, nos eligió y consagró y nos constituyó en profetas de
las naciones. Nos anima a cada uno a prepararnos para decir aquello que él
nos mande, dejando a un lado nuestros miedos… Es el Señor el que nos hace plaza
fuerte, columna de hierro y muralla de bronce ante los pueblos. Lucharán
contra nosotros, pero no nos podrán porque el Señor está con nosotros para
librarnos.
Todos nosotros por el bautismo somos
sacerdotes, profetas y reyes y de una forma u otra somos elegidos,
enviados, invitados a no sentir miedo y hemos sido constituidos en medio del
mundo en columna fuerte. Dios está a nuestro lado para librarnos. Así nos lo recuerda
el profeta Jeremías en esta primera lectura, que es modelo de vocación,
elección y protección. Al que Dios llama y elige lo protege.
Lucas nos presentó el domingo pasado a Jesús cumpliendo
las profecías del Mesías en su persona ante sus paisanos. Hoy no oculta la
reacción violenta de sus propios paisanos. No pueden creer que el hijo de José
se considere enviado a anunciar el año de gracia del Señor. El
evangelista no ha ocultado el fracaso estrepitoso de Jesús ante sus vecinos a
los que, por falta de fe, Jesús les niega la posibilidad de los milagros
anunciados en la misma profecía que había leído.
Lucas nos presenta, ya desde el principio, la posibilidad
del rechazo de Jesús. No la esconde.
Una escena tan real como la vida misma. ¡Cuánto nos cuesta aceptar un
mesianismo lleno de debilidad humana! ¡Cuánto nos cuesta que el Espíritu se
derrame en los que podemos tener más cerca de nosotros! ¡Qué difícil se nos
hace aceptar al hermano como instrumento del Espíritu y, más aún, si ese
hermano o hermana no se sitúa en un cierto rango o estatus religioso o moral!
Queremos seguir a Jesús, pero a nuestra forma y
manera. Esperamos que Dios nos hable desde la tormenta o el terremoto, pero no
permanecemos “en silencio” y “a la espera” de la brisa suave del hermano o
hermana más cercano a nosotros, que en cualquier momento puede ser
instrumento de Dios en favor nuestro.
Nos escandalizan los instrumentos llenos de humanidad
y fragilidad, los que
vienen de pasados o historias difíciles, los que no son oficialmente “bien
vistos”… nos escandalizamos de que en el barro, en la sublime textura del
barro divinizado, se manifieste Dios. Algo de esto le pasó a Pablo, cuando
de perseguidor se convirtió en apóstol… generó un gran recelo en la propia
comunidad naciente.
El Evangelio de hoy nos recuerda que Misión y
Cruz van juntas y que sólo si estamos dispuestos a correr la suerte de Jesús
no buscándonos a nosotros mismos… seremos buenos instrumentos en sus manos.
Los profetas que buscan eficacia directa e
inmediata, que amenazan de continuo, que no construyen o que se miran el
ombligo demasiado… transmiten mal un mensaje que acaba por no echar raíces
porque sus palabras no convencen. El rebaño los huele rápido… El antídoto al
narcisismo y la autoreferencialidad es la aceptación, de entrada, del propio
fracaso. Lo importante para el auténtico profeta es decir y hacer lo que
Dios quiera, tenga un resultado exitoso o no.
La profecía, el anuncio, la misión… sin amor no
es de Dios. San Pablo en la segunda lectura nos expone el canto más hermoso
sobre el amor del Nuevo testamento y nos recuerda que todo don, entrega y
dedicación ha de ir precedido por el Amor. Incluido el don de profecía: “Si
tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si
tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada”.
Ya que vemos que misión y amor van de la mano y
que la gran debilidad humana se verá suplida por la fuerza de Dios que envía, apliquemos
este “algodón que no engaña” a nuestra propia misión y la de los demás y
vivamos, sin miedo, aquella realidad que recibimos en el bautismo: la se ser sacerdotes,
profetas y reyes de nuestro Señor Jesucristo.
Feliz domingo.
José Andrés.
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