No tienen
vino
En
este segundo domingo de tiempo ordinario seguimos contemplando la Epifanía del Señor. El día 6
contemplamos la manifestación del Señor a los pueblos paganos en las personas
de los Magos de Oriente. El día del Bautismo del Señor contemplamos la
manifestación trinitaria en el Jordán, estando Jesús a la cola de los pecadores
y hoy, contemplamos el primer signo de Jesús ante sus discípulos.
La
escena que nos relata el evangelio de este domingo es de todos conocida: las
bodas de Caná. ¡Cuántas veces se ha leído este evangelio exclusivamente en clave
simbólica! La primera lectura de hoy del profeta Isaías nos habla de las bodas
de Dios con su pueblo y con cada uno de nosotros: Como un joven se desposa con
una doncella, así te desposan tus
constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios
contigo.
Al
estudiar el evangelio de Juan habitualmente se recuerda que esa nueva alianza
que Dios trae a su pueblo se refleja en este milagro: convertir el agua
contenida en las tinajas de purificación en vino nuevo. Pasa lo viejo, se
inicia algo nuevo y definitivo. Dios es capaz de transformar el agua y lo
aguado de nuestras realidades en vino, en vino nuevo, un vino que sorprende a
todos por haberlo dejado para el final.
Hace
tiempo que, en estos comentarios que ofrezco los domingos, recuerdo, cómo se me
ha transmitido, que el evangelio hay que leerlo tal cual nos aparece y que
puede haber elementos que ponderen las actuaciones de Jesús y las reacciones de
los que con él se encuentran, pero que no hay que perder de vista que se relata
algo “real”, “histórico”. Creo que este descubrimiento ha sido fundante en mi
vida y en la de algunas personas que conozco.
Dos
detalles quisiera resaltar: uno el de María. Aparece al principio del evangelio
de Juan en este episodio y al final, junto a la Cruz. El papel de María es
fundamental en este capítulo pues es la que empuja a Jesús a actuar ante la
necesidad de los novios. Jesús le contesta muy mal: «Mujer, ¿qué tengo yo
que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Y María no hace caso a
esta respuesta muy “humana” de Jesús que desprecia la sugerencia de su Madre
y reafirma que no ha llegado su hora. Pero María lo empuja a actuar: “haced
lo que él os diga” y se produce el milagro. Jesús se equivocó totalmente en
la percepción de “su hora” y María (mujer llena del Espíritu) lo empujó a
actuar. Un precioso detalle de la humanidad de Jesús y de la grandeza de María.
El
segundo detalle que quería resaltar no aparece en este evangelio, pero sí en
otra escena del evangelio de Juan. Cuando Jesús va a resucitar a Lázaro se
encomienda al Padre antes de realizar el signo de la Resurrección. Hace poco
viendo una serie “The Chosen” en la que se narran las bodas de Caná, aparece
Jesús justo antes de realizar el signo encomendándose al Padre y poniéndose en
sus manos, reconociendo que ya ha llegado su hora. No pude evitar recordar el
momento de la resurrección de Lázaro. En el evangelio no se narra ese momento, pero
es bello imaginar un Jesús muy humano que, como hizo antes de resucitar
a Lázaro, se encomienda al Padre con la relación propia del Hijo enviado como
Mesías.
Dos
detalles “humanos” de este evangelio: el equivocarnos y que alguien que está en
sintonía con el Espíritu nos lo recuerde y la acción confiada desde Dios ante
la necesidad. La hora ha llegado ante la necesidad de esos novios a los que
les faltó el vino.
Cuando
no hace mucho explicaba este evangelio a un grupo de jóvenes la resistencia a
ver un Jesús humano, interpelado por María y el hecho de contemplar el milagro
no en clave simbólica sino real… los escandalizó… hasta tal punto que uno de
ellos me dijo ¿entonces Jesús a qué vino… a hacer milagros? Mi repuesta fue la
de Pedro: pasó haciendo el bien y haciendo posible el milagro de la vida
incluso en la misma muerte, con su Resurrección…
La
hora muchas veces está marcada por la necesidad de nuestros hermanos en la que
estamos llamados a actuar, como Jesús. Para ello el Espíritu a cada uno de
nosotros nos ha dado unos dones y carismas para beneficio de todos. Nos lo
recordará san Pablo en la segunda lectura: El mismo y único Espíritu obra todo
esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Los dones particulares
puestos al servicio de todos los hermanos.
Que
nuestras actuaciones puedan llevar a nuestros hermanos a creer en Jesús y que, salvando
las distancias, pueda decirse de nosotros: Este fue el primero de los signos
que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos
creyeron en él.
¡Feliz día de bodas!
José Andrés
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