He resuelto escribírtelos

 

En el evangelio, de este tercer domingo de tiempo ordinario, antes de pasar a recorrer la vida pública de Jesús durante los siguientes domingos, la liturgia nos presenta el prólogo de Lucas a su evangelio y nos presenta la famosa escena de la sinagoga de Nazaret.

En el prólogo Lucas nos introduce al evangelio dando una veracidad a los hechos que se van a relatar, propia de un historiador. Lucas afirma que muchos han intentado componer un relato con lo que sucedió en relación a Jesús tal como lo transmitieron los testigos oculares y que él mismo, tras investigarlo todo diligentemente pretende escribir un relato ordenado de los hechos sucedidos. El griego del evangelio de Lucas es el más cuidado y literario de los cuatro evangelios y este prólogo está escrito de una forma especialmente cuidada y literaria. Es como una gran obertura al evangelio.

En el este texto Lucas deja muy claro que se ha preocupado por informase y ordenar los acontecimientos. Deja claro que lo que se cuenta no son “invenciones” o “mitos” ya que él se ha preocupado de investigarlo todo diligentemente para que los que lo leamos conozcamos la solidez de las enseñanzas que se nos han transmitido.

En una época en la que leer los evangelios tal y como suenan (sabiendo separar las idealizaciones de los evangelistas de los hechos en sí), desde ciertas instancias “académicas” se suele tratar con cierto desprecio a los que van al relato creyendo “de verdad” lo que suena y dando credibilidad al evangelista. Muchos no consideramos a los evangelistas como teólogos, sino como narradores y transmisores de unos relatos donde se presenta a Jesús y donde, por supuesto, se catequiza al que los oye porque están escritos desde la fe y no de forma imparcial… pero que ante todo narran y no elaboran teología en el sentido moderno de la palabra.

Una vez que otorgamos a Lucas esta intención… no está de mal contemplar la escena que se nos cuenta a continuación desde ese punto de vista. El evangelio da un salto desde el bautismo a esta presentación en Nazaret. No se nos narran las tentaciones del desierto que serán el tema del primer domingo de Cuaresma.

El protagonista en el Bautismo, en el desierto y en Nazaret es Jesús, por supuesto, en unión con su Padre, pero también: el Espíritu. El Espíritu unge a Jesús en el Jordán, lo empuja al desierto y a presentarse ante sus paisanos en Nazaret.

Jesús cita al profeta Isaías y termina diciendo que esa profecía se cumple en él. Su presentación no pudo ser más clara y directa. Su vida avalará esta actuación: viene a evangelizar a los pobres, proclamar la libertad, la vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos… proclamar el año de Gracia del Señor. Omite, deliberadamente del texto de Isaías “la venganza” y proclama la alegría y la liberación.

Todo esto lo hace Jesús movido por el Espíritu. El Espíritu el gran protagonista en la humanidad de Jesús: el que lo va a ir guiando e impulsando a hacer la voluntad del Padre.

El evangelio se corta justo cuando se produce la reacción de sus paisanos. Al principio se maravillan, pero ante la negativa a realizar signos se enfurecen y lo echan de la sinagoga con intención de despeñarlo. Marcos es más explícito en el motivo: el escándalo de que el hijo del carpintero se presente como el que cumple la profecía relativa al Mesías. De nuevo el escándalo de la Encarnación: ¿cómo puede un carpintero, el hijo de José y María, al que todos conocemos presentarse así? ¿Quién se ha creído que es?

Sin embargo, Dios que escribe derecho con renglones torcidos, hará que Jesús, definitivamente no vuelva a Nazaret, marche a Cafarnaúm y continúe su misión fuera ya de su patria chica. Allí termina la vida oculta de Jesús y comienza su vida pública, eso sí, rechazado por los suyos.

Pablo nos recordará en la segunda lectura que somos un cuerpo en el que todos somos importantes y donde cada uno tiene una función, pero todos somos necesarios. El Espíritu no desciende sobre unos sí y otros, no. El Espíritu no entiende de firmas de comentaristas de evangelios, no entiende de patrias ni razas, trasciende lo ideológico y se da sin medida. Somos nosotros, una Iglesia que muchas veces vive al estilo del mundo, la que no quiere ver en los demás, en nuestros hermanos de fe y los que no creen, también, la fuerza del mismo Espíritu. Ponemos filtros, damos muchas veces más valor y credibilidad a la palabra de uno u otro en función de su cargo, preparación… etc. Y no es así. El Espíritu se manifiesta en todos y por todos y pensar lo contrario es condicionarlo…

Ahora que estamos en proceso sinodal… deberíamos tener esto en cuenta. Se habla mucho de que la Iglesia ni debe ser una pirámide, ni ser una esfera: ni un sistema rígidamente jeráquico, ni una democracia plena. Se habla de la Iglesia del poliedro: con distintas caras: todos importantes, pero cada uno en su función… ¿Los que tienen esto en cuenta se creen de verdad que se ha de escuchar a todos? ¿Los que están promoviendo el Sínodo tienen conciencia de que tan importante es la voz del más humilde los de los cristianos como la de los teólogos que elucubran sobre estas realidades? En verdad… ¿se quiere transformar la Iglesia? ¿Somos un cuerpo donde nadie puede prescindir de nadie? ¿Nos vamos a escandalizar o sentir celos porque el Espíritu se derrame sobre hermanos y hermanas nuestros que son los más sencillos y humildes?

Retomo el prólogo para recordar que el primer anuncio de la persona de Jesús pasa por volver al Evangelio, en la riqueza de los cuatro evangelios que se complementan perfectamente unos a otros. Las primeras comunidades no entendían de tantos documentos oficiales, ni de documentos, ni habían estudiado Teología o hecho un máster… No, simplemente querían saber qué dijo, qué hizo Jesús, quién es Jesús. Necesitan estas narraciones, nuestros evangelios, que eran ya su catequesis primera, su kerygma.

Si queremos renovar la Iglesia hemos de volver a leer el evangelio y leerlo con ojos limpios porque seguro que nos interpelará y nos transformará. Jesús nunca deja indiferente a nadie que se acerque a él.

 

Da un voto de confianza a lo que te va a ir contando Lucas. Feliz Domingo

José Andrés.

 

 

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